LA CARCAJADA MILLONARIA EN EL VIOLENTO PACAEMBÚ
En el silencio de su habitación un tal Daniel Passarella reflexionaba y, al juntar todos los elementos analizables, llegó a una conclusión: se podía.
Había un dato que estremecía, que hería. En un año; y sumando el torneo local, la Libertadores y la Sudamericana; el equipo de la banda roja apenas había sumado cuatro victorias fuera de casa. Lapidario, sin mucho más para agregar. Y ahí seguía el técnico de River uniendo hilos. Siempre habían sido punto desde que arrancó la serie de octavos, que el Corinthians en su reducto pisaba sus enemigos, que Tévez fumaría debajo del agua y, haciendo la plancha, consumaría todo lo que cualquier analista futbolero presumía.
Anotaba y anotaba el Kaiser en su habitación del Meliá Mofarrej de San Pablo, esa inmensa mole de cemento que, según decían, también haría trizas cualquier esperanza del equipo argentino.
Ese 4 de mayo de 2006 los jugadores, los dirigentes y el conductor millonario se paseaban con una seguridad que el que suscribe pocas veces había visto. Es que la parada era brava, más allá de conseguir un interesante 3-2 a favor en el Monumental. Hasta los taxistas se mofaban y auguraban una fiesta corinthiana con toda la pompa. Se ve que algo de esto de la redonda entiende el Gran Capitán. Les inculcó a sus dirigidos una mentalidad a prueba de balas, que el fuego sagrado no se compra en el kiosco de la esquina sino que se adquiere en medio de la tempestad. Cual Quijote en el desierto, se animó a definir alguien en el lobby del hotel.
A la hora de la verdad, vale reconocer que intimidaba el recibimiento al Corinthians. Estruendoso, multitudinario y con un Tévez idolatrado desde los cuatro costados. Trazando una especie de paralelo, parecía Julio César en el apogeo del imperio romano. Sin embargo, el trámite del partido no tuvo un dominador nato. Hasta que Nilmar aprovechó las deficiencias del fondo visitante en un centro y depositó en la red el 1-0 para el conjunto brasileño. Ahí los fantasmas sobrevolaron el vestuario de River otra vez. Entonces, con la humildad de saberse obreros del sudor y artesanos en la tormenta, River comenzó a sacar conejos en rodeo ajeno. Primero fue Coelho en contra y después la formidable categoría del pibe Gonzalo Higuaín, con dos estiletazos sutiles, quienes sentenciaron lo que solo en "su" soledad elucubraba Passarella: el impacto en el Pacaembú, el pasaje a cuartos de final de la Libertadores, ese 3-1 inapelable para los visitantes.
Pero eso no fue todo: el partido tuvo que suspenderse a los 85 minutos. Había empezado la batalla del Pacaembú. Dos mil hinchas corinthianos en una lucha cuerpo a cuerpo con, a lo sumo, sesenta estoicos policías. Los desaforados querían ingresar al campo de juego a golpear a sus jugadores. Incluso, cuatro lograron su cometido de entrar pero la presencia de Carlitos Tévez impidió la tragedia. Desde las afueras del estadio volaban piedrazos contra las ventanas de las oficinas y los tiros estaban a la odren del día. Se había desatado una locura dificil de explicar en una mente lúcida.
Si me permiten, estimados lectores, me gustaría contarles la experiencia del hombre que les escribe. Cuando corrían treinta minutos del segundo tiempo abandoné la cabina de transmisión de radio Continental y le pregunté a una mujer policía donde quedaba el vestuario visitante. Vale aclarar que a esa altura todo estaba en calma. Me dirigí hacia la dirección que me había indicado y me encontré en el medio de una marea humana enfurecida, ya golpeándose con la policía en las afueras del Pacaembú. De la nada, apareció una mano salvadora que nos introdujo en la zona de enfermería. Bendita mano salvadora. Eso sí: nos recomendó que ni habláramos porque si nos escuchaban en español podíamos tener problemas graves. Ahí me entró un pánico que jamás había imaginado. Parecía una película de terror.
En eso, imágenes desgarradoras. Aparecían hinchas heridos con ojos en compota, con la rodilla destrozada, con los brazos que explotaban de sangre. Un horror. Y no cesaban los tiros desde la calle. Parecían toros con ira los estúpidos que querían derrumbar la puerta que conectaba la tribuna con el sector de la enfermería, donde nos hallábamos nosotros. Hasta tuve que salir al aire comentando todos los sinsabores que se vivían. Y traté de darle toda la tranquilidad posible dentro de ese marco, sobre todo a mi familia y mi esposa, que sufrían como todos desde Buenos Aires.
¿Cómo finalizó todo? Con custodia policial escoltándonos hasta el vestuario de River por el campo de juego una hora después de concluido el partido. Ahí me saqué el sudor y recobré el color. La palidez había desaparecido.
En fin, fue un milagro que no haya muerto nadie y aplaudamos de pie a esos heroicos policias que controlaron la situación con dos mil enfervorizados seguidores del Corinthians.
Eso sí: en un costado de la interminable celebración millonaria sonreía socarronamente ese hombre cuya sabiduría había llegado a buen puerto. Daniel Passarella sabía que el cigarrillo que iba a pitar no iba a ser uno más.
SEBASTIAN SRUR (Enviado especial a San Pablo)
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Los que se lucieron:
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