RIVER, YA NO HAY MÁS TIEMPO PARA LÁGRIMAS
Casi arrinconado, casi nocaut, como si Mike Tyson en su esplendor le fuera a dar su golpe de gracia. Con miles de preguntas sin respuestas, con números dibujados en los balances anuales. Con una sequía prolongada de festejos. Fue en 2004 la última vez que hubo fiesta en River, cuando de la mano de Leonardo Astrada obtuvo el Clausura y sumó su estrella 32 en el fútbol argentino.
Pasaron tres años. Parecen dos siglos en los pasillos del Monumental. Rostros apesadumbrados, que miran con nostalgia las fotos estampadas sobre el anillo del estadio. Ahí desfilan Francescoli, Alonso, Ángel Labruna, Aimar, Saviola, Gallardo, D'Alessandro, Pinino Mas, Ortega ... son postales del pasado, dice con dolor un socio vitalicio que está a punto de piantársele un lagrimón.
Sin dudas, el nombre de José María Aguilar está manchado y salpicado por más de un manejo poco claro en la institución. La supuesta vinculación con los Borrachos del tablón, los sueldos exorbitantes que cobraban los salvajes que provocaron la batalla de los Quinchos en febrero de 2007, la operación con los dieciséis juveniles y ceder el 30 por ciento de los porcentajes de sus pases a un grupo inversor. El pase de Gonzalo Higuaín al Real Madrid, qué pasó con el 15 por ciento de los pases de figuras surgidos en la cantera, procedimientos nada convincentes para el socio que abona religiosamente su cuota mes a mes y solo ve que una mezcla del Titanic y las Torres Gemelas se le viene encima.
No es que uno quiera abrumarlo, pero a todo este contexto se le debe sumar el panorama futbolístico. Desde aquel logro de 2004, pasaron por la silla eléctrica, aparte de Astrada, Reinaldo "Mostaza" Merlo y Daniel Passarella. Y sobre el Kaiser quisiera hacer hincapié. Abrió las puertas de los entrenamientos de punta a punta todo el 2006, fue a almorzar varias veces con los periodistas que viven la vida cotidiana de River, hablaba con los medios día y noche, existía una armonía en el plantel, asemejándose al mundo ideal. Desde que arrancó este 2007 todo ha cambiado, todo lo que era blanco, hoy es negro. Passarella no habla más con la prensa, sólo dos días a la semana se puede acceder al entrenamiento, después puertas cerradas. Y además, que es lo principal, nunca encuentra un equipo fecha a fecha. Reiteró hasta el cansancio que a Ariel Ortega había que recuperarlo como persona, ya que su problema personal lo tenía en jaque. Se fue a una clínica chilena para intentar retomar el rumbo, reincorporándose al equipo poco tiempo antes del inicio del Apertura. Y aparece como el Salvador por deslumbrar, con todo respeto, ante la reserva de All Boys y la reserva de River. ¿Y que se hace con Mauro Rosales, por el que se pagaron dos millones de euros y solo jugó el 30 por ciento de los partidos desde que llegó? Passarella probó con Fernando Belluschi en todos los lugares del mediocampo y ni por asomo fue el virtuoso de Newell´s. ¿Por qué insiste con Tuzzio y Lussenhoff, ambos con 33 años, en la zaga central? Si ambos no responden en la cancha y están lentos.
En fin, un racimo de hechos futbolísticos, políticos y económicos que no hacen más que enterrar la dignidad de un gigante como River Plate. Con sus 106 años, sus 32 alegrías en los campeonatos argentinos, la gloria de sus dos Libertadores en 1986 y 1996, haber sido el mejor del planeta en Tokio en la Copa Intercontinental en ese 1986, sumado a la Interamericana de 1987 y la Supercopa de 1997, con un Marcelo Salas exultante.
Ahí anda, entonces, el gigante dormido. Con sus penas a cuestas, con los escándalos instalados públicamente. Con dirigentes que, como dice el cantito, llegaron en alpargatas y se van en Mercedes Benz. Así anda River Plate, a las puertas de empezar el Apertura 2007, en un clima denso, tormentoso y violento. Desde aquí, el deseo que no caiga gente inocente en los problemas de los barrabravas y que se extinga este cáncer que vive hace rato en los pasillos del Monumental. Ojalá así sea.
SEBASTIAN SRUR
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